sábado, 5 de noviembre de 2011

James Boswell se despide de la bella Louisa


Durante toda esta conversación me comporté con una viril compostura y una cortés dignidad que no podían sino infundir temor y respeto; ella estaba pálida como la ceniza y temblaba y vacilaba. Por tres veces insistió en que me quedara un poco más, ya que, probablemente, era la última vez que estaría con ella. No se le ocurría nada que decir. Y yo me quedé en silencio. Cuando me iba, ella dijo: 
- Espero, señor, que me dará permiso para interesarme por su salud.
- Señora- repuse yo, con socarronería- me parece que no será necesario durante algunas semanas.
 
Ella repitió su petición. Pero como no quería que siguiese incordiándome más, la corté diciéndole que quizá pasaría un tiempo en el campo, y me marché. Es casi imposible que pueda ser inocente del delito de detestable engaño. Y, sin embargo, sus rotundas aseveraciones me sorprendieron de verdad. Con toda probabilidad se trata de una puta falsaria de las peores.
Así concluyó mi intriga con la bella Louisa, de la que tanto me ufanaba y de la que esperaba, al menos, un invierno de copulación sin riesgos.
Verdaderamente, es muy duro. No puedo decir, como harían los jovencitos que se la han cogido en una casa de mala nota, que la próxima vez tendré más cuidado. Pues lo cierto es que tuve cuidado. Sin embargo, puesto que estoy por completo atrapado, saquémosle el mayor partido. No me la he cogido por imprudencia. Sencillamente, son los riesgos de la guerra.
“Así se despide James Boswell de la bella Louisa, “de la que esperaba, al menos, un invierno de copulación sin riesgos”. Se felicita por su compostura y su cortesía y disfruta de su despliegue de dignidad. No conocemos la versión de Louisa de su despedida…”


Harold Bloom. Genios, un mosaico de cien mentes creativas y ejemplares